Providence En Español
Publicado el 08-10-2012

Una segunda oportunidad

Después de pasar casi toda su vida entrando y saliendo de prisión, José Rodríguez pudo regenerarse con la ayuda del Instituto para el Estudio y Prácticas de No Violencia. Ahora él brinda esperanza a otros jóvenes en la calle, enseñándoles con su ejemplo que no todo está perdido.

Por Arelis Peña Brito

PROVIDENCE.- El día en que le pusieron una pistola en la mano por primera vez, José Rodríguez se creyó dueño del mundo. En sus propias palabras, se sintió “un Dios”. Tenía apenas 12 años cuando le dieron aquella arma y desde ese momento se fue perfilando en él un futuro delincuente. Su ambición y la falta de madurez lo llevaron a hacerse adulto antes de tiempo: a los 15 años tuvo un hijo, después fue vendedor de drogas y tiempo más tarde, cometió un intento de homicidio.

Sus fechorías lo llevaron a la cárcel una y otra vez. La última fue en 2006 cuando cayó preso por tratar de matar a un hombre, supuestamente para “defender el honor” de su hermana. Diez años fue su sentencia, de los cuales cumplió cuatro, logrando salir en el 2010 en libertad bajo palabra.

“Yo me lo pasé entrando y saliendo de la institución juvenil. Cuando me dieron la última sentencia tenía 22 años. Mi actitud era que no me importaba nada. No me importaba la sociedad, me gustaba hacer mis propias reglas y llegué a pensar que eso nunca iba a cambiar”, recuerda. Pero la vida tenía reservado para él un destino muy diferente.

Convivir en la prisión con hombres que vieron llegar la vejez detrás de las rejas, lo hizo reflexionar, aunque fueron las palabras de su hija de siete años, durante un día de visita al penal, las que le dieron el empuje que necesitaba: “Cuando salgas de aquí, si vuelves a caer en la cárcel, no voy a quererte más. Ya no serás mi papá”.

Motivado por las palabras de su niña, José decidió que no seguiría desperdiciando su vida dentro de aquellas cuatro paredes. Comenzó a estudiar, obtuvo el GED y al quedar libre consiguió un trabajo en una fábrica de ventanas. Estar afuera no fue fácil para él, pues el lastre de su récord criminal se encargó de dificultar su intento por regenerarse. Un día, mientras trabajaba, sufrió una herida de consideración en un brazo, y pidió ser llevado a un hospital. El jefe de la fábrica se negó, recordándole que podía despedirlo si quisiera, lo que implicaría que volvería también a prisión.

“Eso se lo hacían también a otros presos. Ese negocio lo cerraron por esas denuncias. Aunque la gente quiera creerlo o no, esas cosas pasan. Es una de las principales causas de por qué la gente vuelve a caer presa una y otra vez. Nadie te apoya, nadie cree en ti”, expresó.

Gracias a un pariente conoció al director del Instituto de No Violencia, Teny Gross, quien le ofreció trabajar con él comenzando con 20 horas semanales. En el Instituto José trabaja como “street worker” ayudando a otros jóvenes que, como él, están perdidos en la calle, metidos en “gangas” o en el negocio de las drogas.

Su mayor satisfacción es que gracias a su intermediación logró que los miembros de dos “gangas” dominicanas del sur de Providence se sentaran a dialogar y cesaran las hostilidades, después de sangrientos enfrentamientos y cinco muertos en común.

“Yo hablo con esos jóvenes, los escucho, puedo comprender cómo se sienten porque yo pasé por las mismas cosas. Cuando eres una persona que ha cometido hechos de violencia, cuando has estado preso, te hacen sentir que no eres nadie. Yo siento que ayudándoles a ellos me ayudo a mi mismo. Yo me ganaba 15 mil dólares como si nada en un fin de semana vendiendo drogas. Ahora gano 400 en una semana, pero me siento bien. Estoy tranquilo. Desde los 12 años es la primera vez que duro dos años y medio

afuera de la prisión”, dice con una sonrisa.

En el presente, con tres hijos y a punto de cumplir 29 años, José es un hombre nuevo que además de trabajar de forma honesta cursa el segundo año de Ciencias Polítcas en Roger Williams University.

Mientras, trabaja ocho horas diarias en la calle como “street worker” aunque recibe llamadas pidiendo ayuda las 24 horas al día. “El vecindario me conoce (dice sobre Olneyville, su antiguo barrio), y me llaman cuando hay cualquier problema. La misma policía me llama para que actúe como mediador cuando quieren darles una oportunidad a algunos de los muchachos. Cuando veo las cosas que están pasando me pregunto: ¿En esta violencia es que se están criando mis hijos? Yo no quiero eso para ellos”.

El Instituto

Fundado hace doce años, el Instituto para el Estudio y Prácticas de No Violencia surgió con el objetivo de concientizar a la comunidad acerca de la importancia de vivir en armonía, entendiendo que es posible tener intereses o puntos de vista encontrados pero que la manera en como se encaran esos conflictos puede hacer una gran diferencia.

“El mensaje del instituto es que solo un 0.3%, o sea, menos de un 1%, es el que crea el 70% de la violencia, pero siempre vamos a tener gente creciendo dentro de las gangas. Les ofrecemos a las personas la oportunidad de aprender a ser exitosos sin violencia. Lo que hacemos es buscar a esa gente que estuvo presa, ex delincuentes, que saben lo que está pasando porque ya vivieron esa vida. Le ofrecemos la opción de reeducarse, de cambiar”, explicó el director ejecutivo del Instituto, Teny Gross.

Dándoles la oportunidad de hacer un trabajo de bienestar social y comunitario, que además es remunerado, el Instituto les devuelve la dignidad a estos hombres que delinquieron, pagaron el precio pero siguen siendo penalizados por la sociedad.

“Tener un récord criminal te dificulta conseguir trabajo, hace que te estanques y cuando te estancas eres peligroso. Nosotros trabajamos con delincuentes, los ayudamos, les proveemos esperanza y no es porque amamos a los criminales, pero la idea es que si sales de la cárcel tienes que tener un buen ‘chance’. Se habla mucho acerca de castigo, pero el resto del tiempo nosotros pagamos, por ejemplo, la cárcel de máxima seguridad del estado, que es en realidad un hotel de 100,000 dólares que nosotros los contribuyentes sostenemos con nuestro dinero, dinero que pudiera ir para las escuelas”.

En la actualidad hay cinco “street workers” trabajando para el Instituto. “Es un trabajo duro. Tenemos ahora mismo cinco personas que cometieron homicidio. Ellos aman su trabajo, ellos salieron con mucho miedo de la cárcel, vino gente ofreciéndoles de todo para volver a lo mismo de antes. Nosotros del otro lado también les ofrecimos la oportunidad de volver. Tratamos de devolverles esperanza”, apunta Wanda Martínez.

Los “street workers” trabajan con estudiantes en las escuelas y otros en el Instituto Correccional de Adultos, donde gracias a su intervención se ha logrado reducir en más de un 90% las riñas dentro de la cárcel de Máxima Seguridad.

El Instituto dispone de una unidad de servicio a víctimas, que brinda ayuda económica a familiares de personas que caen víctimas de la violencia; visitan a los parientes para darles apoyo emocional y conversan con las partes para evitar revanchas.

El éxito del modelo usado por esta institución para reducir la violencia ha sido tomado de ejemplo por Costa Rica, Panamá, Honduras, Guatemala, Brasil, Irlanda y otros países.

“Muchas veces hay que entender a los muchachos”, refiere Martínez en relación con los jóvenes que andan metidos en problemas en la calle. “Ellos lo hacen para sobrevivir. Una ganga es una familia para ellos y ahí es que nosotros tenemos que reforzar. Nosotros le dijimos a un señor que se nos acercó y preguntó ‘qué puedo hacer para ayudar’ y solo le aconsejamos 'escúchalos’. A veces lo que necesitan esos jóvenes es saber que le importan a alguien”. puntualizó