El general Raymond Odierno, jefe saliente del Ejército de EEUU en Irak.
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Antes de que Barack Obama anunciara formalmente la retirada de las últimas unidades de combate norteamericanas de Irak, la Casa Blanca ya había hecho saber que el presidente se cuidaría de no declarar ``misión cumplida --como hiciera con frivolidad George W. Bush luego del derrocamiento de Saddam Hussein. Sabido es que el período más sangriento de la guerra de Irak empezó justamente después de esa pomposa declaración de Bush, y aún no termina a pesar de esta retirada que un segmento apreciable de los iraquíes considera prematura. El presidente ha querido ser fiel al calendario de su promesa electoral, pero la política real suele rehusar estas perentorias camisas de fuerza. Pese a los 50,000 militares que aún quedan detrás en trabajos de asesoría, la situación de Irak dista de estar resuelta y es posible que empeore.
El presidente Bush y su secretario de Defensa quisieron hacer una campaña eficaz y módica, y terminaron por embarcarnos en una guerra larga y costosísima, que deja a todos con una sensación de tarea inconclusa y de desgaste. Poco más de siete años después, otro presidente se apresura a retirar las tropas de Irak tan sólo por quedar bien con un electorado impaciente.
A diferencia de lo ocurrido en Japón y Alemania occidental al término de la segunda guerra mundial, Irak puede contarse entre esos fiascos, y no porque el actual Estado iraquí resulte fallido (el nuevo Irak es una democracia, aunque sea endeble; y un país mucho más próspero de lo que era hace siete años), sino porque la intervención norteamericana no sirvió para amedrentar y disuadir ejemplarmente a nuestros enemigos, ni para que Occidente sea percibido como un factor de estabilidad regional ni para ser preámbulo del fin de regímenes tóxicos, como Siria e Irán, que constituyen una amenaza para los
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