PROVIDENCE.- El día en que le pusieron una pistola en la mano por primera vez, José Rodríguez se creyó dueño del mundo. En sus propias palabras, se sintió “un Dios”. Tenía apenas 12 años cuando le dieron aquella arma y desde ese momento se fue perfilando en él un futuro delincuente. Su ambición y la falta de madurez lo llevaron a hacerse adulto antes de tiempo: a los 15 años tuvo un hijo, después fue vendedor de drogas y tiempo más tarde, cometió un intento de homicidio.
Sus fechorías lo llevaron a la cárcel una y otra vez. La última fue en 2006 cuando cayó preso por tratar de matar a un hombre, supuestamente para “defender el honor” de su hermana. Diez años fue su sentencia, de los cuales cumplió cuatro, logrando salir en el 2010 en libertad bajo palabra.
“Yo me lo pasé entrando y saliendo de la institución juvenil. Cuando me dieron la última sentencia tenía 22 años. Mi actitud era que no me importaba nada. No me importaba la sociedad, me gustaba hacer mis propias reglas y llegué a pensar que eso nunca iba a cambiar”, recuerda. Pero la vida tenía reservado para él un destino muy diferente.
Convivir en la prisión con hombres que vieron llegar la vejez detrás de las rejas, lo hizo reflexionar, aunque fueron las palabras de su hija de siete años, durante un día de visita al penal, las que le dieron el empuje que necesitaba: “Cuando salgas de aquí, si vuelves a caer en la cárcel, no voy a quererte más. Ya no serás mi papá”.
Motivado por las palabras de su niña, José decidió que no seguiría desperdiciando su vida dentro de aquellas cuatro paredes. Comenzó a estudiar, obtuvo el
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