James Holmes, asesino confeso de la masacre de Denver (Foto: Fuente Externa)
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contra el próximo 30 de julio y la fiscal del distrito, Carol Chambers, ha anunciado que considera ahora si pedir la pena de muerte, algo que decidirá tras consultar con las familias de las víctimas.
El sospechoso se halla en régimen de aislamiento en el Centro de Detención del Condado de Arapahoe, por temor a las represalias de otros detenidos, y sin posibilidad de fianza. La defensa ha pedido un análisis psiquiátrico de Holmes, que en su primera comparecencia en el juzgado parecía abstraído, cerrando los ojos sin cesar y sin prestar atención a los formalismos del juez, William Blair Sylvester. Éste ha ordenado que antes de que comience el juicio, los fiscales avancen una causa probable para el crimen.
Holmes no está colaborando con la policía. No ha hablado con los investigadores desde que fue detenido y les dijo que su vivienda estaba plagada de explosivos. Le representan, de momento, dos abogados de oficio especializados en casos de pena de muerte, Daniel King y Tamara Brady, que se sentó junto a él en el banquillo mientras el juez le leía los derechos y establecía los plazos iniciales del juicio. El juez ha ordenado a Holmes que no entable ningún tipo de contacto con los supervivientes de la matanza o con los testigos, y ha decretado, además, el secreto de sumario.
Poco a poco, tras la matanza, los familiares de los fallecidos han ido revelando los nombres de éstos. Tenían entre seis y 51 años. Veronica Moser-Sullivan, la más pequeña, había acudido al cine con su madre, Ashley Moser, que se halla ingresada en estado crítico. En el tiroteo resultó herido también un bebé de tres meses.
Murieron también dos soldados en activo
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