Millonario latino lucha para acabar con la esclavitud de los indocumentados

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Lázaro Ayala fue uno de los primeros hispanos que en la década de 1990 llegó al sur de Oregon y, a pesa de su inglés débil, su estatus de indocumentado y todos los obstáculos propios de su condición de inmigrante, consiguió ser un empresario de éxito que hoy lucha por una causa: ser la voz de la realidad migrante en la políticas de ámbito nacional en EE.UU.

Natural de San Ildefonso, El Salvador, Ayala partió a la edad de 14 años rumbo a EE.UU. junto con su padre y su hermano mayor, dejando atrás amigos, hermanas y una vida de la que su familia tuvo que huir, amenazada por la guerra civil de los años ochenta.

De 53 años, porte tranquilo y discurso inteligente, cuenta que aunque personalmente nunca sufrió ningún tipo de discriminación directa, las cosas nunca fueron fáciles. “En este país si tu piel es morena o negra tienes siempre más obstáculos, aunque quizá por mi actitud y mi convicción de que podemos llegar a ser nuestros peores enemigos, nunca sentí que las puertas se me cerraron”, refirió.

Casado con una estadounidense, Ayala pasó con mucho esfuerzo de ser un “dreamer” a vivir el sueño americano.

Después de verse forzado a suspender sus estudios universitarios en un colegio comunitario con 17 años, aun pagando todas sus facturas debido a su condición de indocumentado, consiguió licencia como agente inmobiliario y llegó a levantar un exitoso negocio con proyectos multimillonarios, presidiendo actualmente más de 30 empresas del sector.

Ahora cree que la mejor forma de retribuir a su comunidad es aportando en educación, por lo que ha creado becas para ayudar a estudiantes bajo el programa Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA) a realizar sus estudios universitarios, y ha desarrollado colegios y campos de fútbol en su localidad para ayudar a niños de familias inmigrantes.

Además, ayuda activamente en su país de origen con proyectos de agua potable y equipos contra incendios.

Una llamada a la acción

Pero nunca sintió la necesidad de hablar de política hasta que el presidente Donald Trump comenzó su campaña hacia la Presidencia. “Que Trump centrara su agenda en dividir al país con temas de inmigración acusando a los inmigrantes latinos de criminales, asesinos y traficantes de drogas me pegó fuerte”, reconoció Ayala.

“No es una descripción justa de los millones de inmigrantes que venimos a este país, y mi frustración me llevó incluso a enfermar con una depresión altísima, hasta que entendí la llamada y conseguí dejar atrás los miedos para alzar mi voz, mi esfuerzo y dinero personal en pro de hablar de la verdad sobre el inmigrante y alertar de la manipulación de los políticos en la conversación sobre inmigración”, añadió.

Con esta energía llegó al “Proyecto Ilegal” (www.illegaltheproject.org) con la idea de crear un impacto objetivo, alejado del enfoque dramático de las políticas de inmigración.

Escribió su autobiografía en 2016 bajo el título “Ilegal”, que poco después resultó el guión del documental del mismo nombre que actualmente se encuentra en festivales. Es una mezcla de imágenes de archivo de la época de la guerra salvadoreña e imágenes de ficción que recrean su historia.

En el rodaje pudo comprobar la ironía de la historia: “Entrevistamos a muchas personas de Honduras y El Salvador que dormían en las calles de Tijuana (México) esperando pasar la frontera. Después de cuarenta años estamos en la misma situación; nosotros veníamos huyendo de conflictos y ellos de las consecuencias de los mismos”.

Con espíritu demócrata pero considerándose independiente de cualquier partido, Ayala piensa que aunque en las elecciones del 3 de noviembre gane el demócrata Joe Biden, no espera que se den cambios fundamentales en política migratoria.

“Los políticos quieren problemas, no soluciones, algo por lo que pelear, y los temas de inmigración siempre los han dominado las grandes empresas porque son los beneficiados desde que a mediados de los sesenta quitaron el Programa de Braceros que se inició en la Segunda Guerra Mundial por la falta de agricultores y mano de obra para las fábricas”, expuso.

El problema a solucionar

Los mexicanos obtenían visas para trabajar temporalmente de forma legal y humanitaria hasta mediados de los sesenta, pero según Ayala “esto no interesaba”.

“Les era más interesante explotar la mano de obra que no estuviera protegida, lo que creó un sistema de inmigración ilegal que sigue hasta nuestros días y que considero el foco del problema”, abundó

El salvadoreño opina que los políticos utilizan las políticas de inmigración como arma para dividir, pero es en realidad “un sistema de décadas que existe por diseño apoyado por las propias leyes estadounidenses”.

“El sistema de empleo ilegal es la esclavitud moderna”, dijo Ayala. “Los empleadores no son castigados pero lo son los empleados ilegales. $12,000 millones de dólares pagan los contribuyentes no documentados sin tener derecho al voto, viviendo de una forma marginada y EE.UU se gasta $8 mil millones al año en aplicar las políticas de inmigración ya que el 80% de los centros de detención son privados”, explicó.

“De todos los impuestos que aportamos, $120 dólares por persona van a estas políticas, lo que Ayala considera un gran negocio.

Asegura que aunque Trump levante un muro, la gente seguirá viniendo mientras exista empleo ilegal en EE.UU.

“Se necesitan de 1.5 a 2 millones de agricultores temporales para sacar adelante las cosechas en este país, y aunque existen programas de visados temporales solo se otorgan 250,000 visas, por lo que los números no cuadran”, añadió.

Sobre el discurso de los demócratas sobre las reformas migratorias integrales (CIR), opina que “es una gran mentira” porque si no se ponen de acuerdo en temas diarios normales, no entiende cómo pretenden arreglar todo el problema.

El empresario opina que “el camino a la ciudadanía que proponen los políticos es el camino a ningún sitio”, y ve el principio de la solución en el fin del empleo ilegal.

Sobre la COVID-19 y su impacto en las comunidades latinas, enfatiza lo paradójico que resulta el cambio de perspectiva de “indocumentados” a “indispensables”.

“Hoy parece que se dan cuenta de que la contribución de los indocumentados es grandísima, y sin embargo estos trabajadores siguen sin el lujo de poder quedarse en casa”, dijo.

Es una realidad que Ayala ve triste y por la que seguirá luchando hasta que se entienda que el inmigrante quiere trabajar de forma segura y legal, y volver a contribuir a su país, siendo todo lo demás una mentira política.