Migrantes en caravana: “Doy la vida por unos zapatos”

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“Se calientan con el suelo y yo siento que mi pie se derrite junto con el plástico”, dice tirado al borde de la carretera en espera de un alma misericordiosa que lo suba a su vehículo y le evite caminar sobre las brasas.

ARRIAGA.- Apenas caminaba hacia México, cuando a Joel Pineda se le rompió uno de sus tenis Old Star. Se le abrió por delante y atrás. Quedó hecho un colgajo. Eran sus favoritos, los de pasear los domingos en Olancho, pero tuvo que tirarlos. Desde entonces viaja en chanclas hacia Estados Unidos, aunque le duela a cada paso.

“Se calientan con el suelo y yo siento que mi pie se derrite junto con el plástico”, dice tirado al borde de la carretera en espera de un jalón, un alma misericordiosa que lo suba a su vehículo y le evite caminar sobre las brazas.

El par de sandalias plásticas color azul son su tormento y aliado al mismo tiempo, tal y como ocurre a los más de 3,000 integrantes de la caravana que luchan por sobrevivir con zapatos improvisados para caminar miles de kilómetros rumbo a Estados Unidos: tenis ajustados o para vestir, botas rudas, zapatillas de fiesta, encharolados, de gamuza… ¡Nada que resista!

Los centroamericanos calculan dos de cada tres la pasa muy mal con su calzado, pero generalmente, entre las donaciones, no hay calzado apropiado para este fin. “La gente trae los zapatos que usa en su vida cotidiana y son muy frágiles”, advierte Juan García, funcionario del ayuntamiento de Tonalá, el penúltimo municipio chiapaneco que cruzará el éxodo, donde el gobierno convocó a la población a ayudar, donar comida, ropa, zapatos…

La gente del poblado se volcó con kilos y kilos de ropa y ocho pares de zapatos, algunos para fiestas, adornados con perlillas brillantes. “Ninguno me sirve”, cuenta Isabel Aguilar, quien acompaña al éxodo desde algún punto de Honduras que no recuerda.

Tampoco tiene claro el momento en que los tenis comenzaron a molestarle. Sólo sabe que después de una hora o dos de caminar, la planta se le hinchó y asfixió su empeine. Desde entonces le rosa, y le hace llagas.

Isabel hace una mueca de dolor, se sienta y se quita los calcetines: “Mira, esto es lo que me pasa”, muestra a un amigo que mira la carne viva con un poco de pus. “Voy a ir con los médicos de la Cruz Roja para que me ayuden o no podré caminar más.

La fila es larga. Al menos unos 10 heridos de los pies entre hombres, mujeres y niños. Una mujer de alrededor de 50 años habla sobre aquel muchacho que murió en Tapachula. Dice que ella vio cuando murió y que es mentira que lo atropellaron como dice la versión oficial; si no que murió porque se trabó al bajar del coche con una chacla tipo sueco. “Así de grave es el asunto de los zapatos”, contradice ante todos los presentes.

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